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Irse, crecer y volver: el sueño de algunos y la responsabilidad de otros

Autora: Daniella Padilla




¿Y planeas quedarte allá o regresar?

¿Y por qué te fuiste?

¿No extrañas a tu familia?


Esas son algunas de las preguntas que suelen hacernos a quienes tomamos la decisión de irnos a estudiar a otro país. Y aunque todas parten de la curiosidad, casi siempre giran alrededor de la misma idea: por qué nos fuimos. Pero la verdadera pregunta no es ¿por qué nos vamos?, sino ¿por qué nos quedamos en este momento? Irse a estudiar fuera del país puede responder a muchas cosas: privilegio, sí, pero también presión social, búsqueda de mejores oportunidades, deseo de crecer, o en muchos casos, la sensación de que el futuro está en otra parte.


Más que un dilema financiero, intelectual o social, para muchos jóvenes hondureños esta también es una pregunta moral: ¿regresar o no? Porque por más que pesen el dinero, las oportunidades o el crecimiento profesional, sigue quedando una idea difícil de soltar: que tal vez no hoy, no mañana, ni el próximo mes, pero que algún día podríamos regresar para engrandecer nuestra patria.


Me dijo Javier, Yo consideraría regresar a Honduras en un futuro, aunque no de manera inmediata, ya que actualmente las oportunidades en el país son limitadas. O como piensa Beatriz, Pasaría años afuera, antes de ir de regreso. Estas respuestas van más allá de la perspectiva de un par de personas, hablan por muchos de nosotros. El regreso no siempre se descarta, pero sí se aplaza. Lo que no está claro todavía es si Honduras ofrece, hoy, razones suficientes para volver antes. La falta de certeza sobre las oportunidades juega un papel central: querer regresar no basta si no existe estabilidad, espacio para crecer ni condiciones reales para emprender. Tener el deseo de volver no es suficiente; también tiene que existir un país que haga viable ese regreso.


Este dilema para unos representa un viaje más y, para otros un sueño inalcanzable. Quienes desean irse no pueden, y a veces quienes pueden irse no quieren. Hay quienes con certeza hoy en día pueden afirmar que su deseo y destino es regresar a Honduras. Después de graduarme de mi "Máster", sí me regresaría a Honduras para poner mi empresa, fue lo que me expresó Carmen. Porque volver no significa parar de crecer, sino compartir el crecimiento con los demás, proveyendo herramientas para construir, emprender y aportar.


Irse no implica alejarse de casa, pero sí representa una responsabilidad con el país que nos vio crecer. La responsabilidad de enaltecer y poner en alto su nombre y demostrar lo trabajadores que somos los hondureños. En un país como Honduras, donde no todos tienen las mismas oportunidades, también hay quienes deciden que, si no existen suficientes espacios para crecer, habrá que crearlos, así como lo expresó Carmen. Al irnos, muchas veces no cargamos solo nuestros propios sueños, sino también la conciencia de quienes habrían querido tener esa misma posibilidad.


Me gustaría formar una familia en el lugar donde crecí, dijo Sofía. Aunque todos tenemos motivaciones diferentes para volver, hay algo de lo que no nos olvidamos sin importar el lugar o el momento: la familia. ¿Por qué hay tantos padres que se van y dejan a sus hijos atrás? ¿Por qué las remesas siguen sosteniendo a tantos hogares en Honduras? Porque al final eso es lo que mueve muchas de las decisiones más duras: el amor por nuestros seres queridos y la responsabilidad de querer darles una vida mejor. En Honduras, la familia muchas veces puede ser la razón por la que su gente se va, o por la que regresan. Es por la familia que muchos se van, buscando oportunidades que sienten que el país no provee. Pero también es por la familia, que la idea de volver sigue viva en cada uno de nuestros corazones.


Si existe la más mínima posibilidad de regresar a nuestras raíces y de construir un futuro próspero cerca de quienes amamos, vamos a seguir confiando en que Honduras puede ser el lugar para formar nuestra propia familia. La decisión deja de ser meramente económica y profesional, también se vuelve profundamente humana. Al final, detrás de cada decisión de irse, quedarse o regresar, no hay solo ambición, metas y crecimiento, hay vínculos, relaciones y la idea de un futuro que no es meramente individual.


Para algunos volver implica contribuir al país, para otros crecimiento profesional, y para otros simplemente construir un futuro entre su gente, su cultura y sus raíces; formar una familia en un lugar que se siente suyo.


Esto demuestra que hay vínculos inquebrantables, que no se desvanecen ni con la distancia. Estar lejos no es sinónimo de romper con el país, sino más bien replantear la forma en la que nos relacionamos con él. Es por esto que aunque decidamos irnos, sabemos que es para un mejor futuro para aquellos a quienes amamos, ya que no pertenecemos donde nuestros pies están, sino donde nuestro corazón nos llama.


Porque ya bien lo dijo nuestro prócer Francisco Morazán: La grandeza de un pueblo no se mide por la extensión de su territorio, sino por la dignidad y el honor de sus hijos.



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